Friday, November 15, 2013

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Bloody Miami,; Tom Wolfe; Anagrama; 617 pág.

Cuando alguien dura tanto como Tom Wolfe, es posible que algunos respetuosos se cansen de serlo y en vistas de que el viejo no palma, se animen a enterrarlo en vida, como ha ocurrido tras la publicación de Bloody Miami. Que si ya no es lo que era, que si se repite, que si blablablá.
Es cierto que a sus 82 años, Wolfe ha vuelto a los enfrentamientos raciales y de clase, la madre de tantas de sus historias. Es un obseso de la estratificación social, así que ve en el racismo y el clasismo el origen, o el modelo, de casi todas las cosas. El campo es tan vasto que para qué moverse de ahí. Fiel o terco o pesado, pero insistiendo en la misma base, el de Virginia se fue a Miami a radiografiar sobre el terreno las claves de la ciudad, y al hacer su magia para convertir la investigación en novela, de ese gorro con el que se toca le salió un policía cubano emparedado entre dos de las comunidades cruciales.
Limitarse a cumplir estupendamente con su oficio abocará a Néstor Camacho a un infierno, y el cuerpo de policía contribuirá a que queme mejor. A través del drama de Néstor afloran los juegos de poder en aquella ciudad, la única de América y quizá del mundo en la que una población emigrante se ha hecho dueña del territorio en una sola generación. Su historia sirve para mostrar los hilos de toda la sociedad, desde el barrio herméticamente cubano del protagonista a los apartamentos de ultralujo costeados por multimillonarios rusos que han hallado en el mercado del arte un modo de apuntalar su fortuna.
Para desarrollar la novela, Wolfe se apoya en tres pilares que perforan Miami desde distintos ángulos. Néstor, poli de portentosa musculatura, 22 años, que se verá proyectado a una fama indeseable; su novia Magdalena, que tras abandonarle accederá a las fiestas de la élite anglosajona; John Smith, periodista joven y culto capaz de hurgar donde otros no (la juventud) alterando incluso los callados pactos de no agresión que existen entre el propietario del Miami Herald para el que trabaja y los potentados de la ciudad.
Cubanos, afroamericanos -o sea negros, como el propio Jefe negro de policía observa-, blancos anglosajones y haitianos van a verse unidos en una intriga apasionante tanto por el argumento como por la maestría narrativa que el viejo Wolfe conserva.
Hay un lastre intermitente, eso sí. Para Wolfe debe ser algo así como marca de la casa, o quizá desee homenajearse a sí mismo, pero a estas alturas ese esfuerzo -porque a menudo se le ve esforzado- por incrustar onomatopeyas y rimbombancias gráficas que añadan vistosidad a la página queda un poco desfasado. Hoy, ese recurso se antoja innecesario, aún más cuando la historia es tan buena que las alharacas más bien despistan, el artificio aparece como lo que es, y sobra hasta el punto de que Wolfe pasa varios tramos sin recurrir a ellos, como si él mismo se hubiera agotado del ruido que hace.
Se diría que el empleo de la técnica queda varias veces como fuera de lugar, más o menos como si un señor octogenario tratara de estar en la onda calzando snakes tricolores mientras masca chicle y conduce un triciclo con una gorra de rapero. Es decir, el mismo recurso que le hizo ser vanguardia, da hoy a Wolfe un toque de antigüedad.
Pero es lo único, porque todo lo demás... he mirado varias veces la solapa del libro para releer su fecha de nacimiento y mirar su fotografía tratando de reconfirmar que este hombre tiene 82 años. Y es que Bloody Miami posee una audacia, potencia y vitalidad, un vocabulario, unas descripciones de la devoción sexual y el pensamiento voraz... De hecho, el arranque es desbocado, a la antigua usanza del propio Wolfe, y solo después de un buen rato frena al jovencito que le cabalga dentro para neutralizar ese efectismo onomatopéyico y exhortativo para dejar que la narración fluya menos estrepitosa por los meandros de su magnífica construcción.
La expresividad de unos diálogos que resumen la psicología de las distintas comunidades; el baile de acentos, tonos, jerga, como claves para el encasillamiento y la seducción; las primorosas descripciones que transmiten la atmósfera perfecta de un lugar y los sentimientos que ésta provoca en los personajes; o los continuos y contradictorios conflictos morales de los protagonistas enganchan enganchan enganchan a la novela (como diría él), con ese adolescente haitiano que quiere “ser” como los negros afroamericanos decepcionando profundamente a su padre; o el Jefe de policía negro que debe revolverse contra su comunidad por una cuestión de honor cuando a nadie le importa eso; o el doctor en pornografía atrapado en lo mismo que cura; y las redes de dependencia económica y de prestigio que se tejen en Miami... Wolfe presenta, vuelve a presentar, en fin, el gran y corrupto espectáculo de una ciudad.
Incide tanto en la idea de la corrupción y la decadencia imperantes que en algún momento se le va la mano. Su facilidad para la astracanada realista -aunque parezca que no, es realista- y a exprimir la paranoia de sus personajes hasta límites casi rusos, hace que ofrezca escenas sobrecargadas que pueden saturar. En cualquier caso, el arte, el periodismo, la política, la ley... todos reciben lo suyo, y a mansalva, y si sobra algo se le perdona.

Después de semejante despliegue, el final se antoja un poco abrupto si bien no deja de resultar una anécdota en esta obra que supera las 600 páginas. Como Cormac McCarthy, Philip Roth, o Peter Mathiessen, Tom Wolfe viene a demostrar qué magníficos, ágiles y brillantes podemos ser incluso más allá de los 80.  

Wednesday, September 18, 2013

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La incursión en Rotorúa ofreció la posibilidad de sondear a fondo la relación de los maorís con el moa. Además de descubrir que en las escuelas maorís se enseña el español como tercera lengua -después del maorí y el inglés-, la escultura, el tatuaje y los géiseres de esa geografía volcánica sirvieron para despedir la investigación de un modo bien colorido. Las ideas recabadas ya están tomando forma de novela.


Monday, September 9, 2013

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Cruzando el estrecho de Cook, la pista del moa sigue en la isla norte. La ayuda de Alan Tennyson en el impresionante museo Te Papa de Wellington me va a permitir un instante de gran felicidad... gracias a un ¿simple? hueso.


Sunday, June 30, 2013

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Este juego que no existe a no ser en el pensamiento y no tiene otro resultado más allá que la obra de arte”. Gilles Deleuze analizando Alicia en el país de las maravillas.

Algunos aún defienden que Maracaná es el estadio más grande del mundo, y aunque físicamente es mentira en el fondo quizá sea verdad. Río de Janeiro ha llevado la pasión por el fútbol aún más lejos, que ya es decir. Tiene cuatro equipos en la primera división brasileña y siguiendo la historia de cada uno se puede intuir muy bien el alma de la ciudad. Playa, música y favelas giran al ritmo de una bola cuya influencia va a cambiar la cara de la metrópoli: hoy, los cariocas trabajan pensando en el Año Grande de 2014, cuando Río acoja el Mundial. Luego vendrán los Juegos. Ah, el deporte. Tan sano. La cocaína y las granadas ya están padeciendo el poder de las pelotas, con todas esas inmobiliarias aspirando a derruir favelas con vistas al mar; con miles de policías ofreciendo pactos a narcos, o deteniéndolos. Y ahí, observando, un puñado de escritores que aún no saben si entusiasmarse o qué, pero apuntan, apuntan, apuntan, “que algo saldrá”.



Ahora que en otras partes del planeta a algunos escritores les ha dado por recuperar esencias griegas y escribir, por ejemplo, de correr (Murakami, Echenoz), los brasileños continúan con su fútbol de siempre reverenciando a cronistas estilo Nélson Rodrigues, aquel antológico hipermiope que escribiera: “En fútbol, el peor ciego es el que sólo ve la bola”. Con esta frase, Rodrigues hace pensar en bastantes escritores que al escribir sólo han visto escritores y recuerda que el fútbol contiene tanto mundo como todo lo demás.
Aquí, el fútbol va a servir para hablar de Río de Janeiro, la metrópoli deportiva, con ese paseo marítimo que ofrece uno de los mayores espectáculos de ombligos sobre asfalto. Pasear con el torso desnudo y las manos vacías es un ritual carioca. Los estómagos, fileteados o no, se muestran sin vergüenza. Pasa gente haciendo footing, en bici o monopatín, y el número de pectorales y bíceps llamativos sugiere la popularización del desayuno a base de anabolizantes. Las playas de Río son una tribuna de cuerpos que marchan al unísono, a veces casi marciales, preparándose para afrontar los grandes partidos que se juegan de noche en las discos, los bares, las terrazas.
A lo largo del paseo hay tatamis de musculación, barras de gimnasia, masajistas variopintos y redes, montones de redes, sobre todo de fútbol pero también de voleibol, donde se juega en tanga o slip. En Río da la sensación de que mucha gente no sabe ir con ropa encima y por eso cuando se la ponen, a menudo tiende a ser fea.
El carioca se desnuda para exponerse al sol y al mar bravo tras una vida en la playa asumiendo que si debía elegir entre disfrutar los elementos y la vergüenza, no había color. Pero no siempre fue así. Hace un siglo, Río no quería saberse tropical y se esforzaba por vestir y actuar a la europea, signo de civilización. Por eso se aficionó al fútbol, aquel deporte de ingleses que de pronto prendió en los clubes de remo desplazando a unos cuantos regatistas de las barcas al esférico. Además, se podía jugar en la arena, ni siquiera había que alejarse del mar.


El mar. “En el mar estaba escrita una ciudad”, afirma aún Carlos Drumond d’Andrade, hecho estatua en el paseo, de cara a la inmensidad atlántica y a los jóvenes negros que se pasan un balón intentando que no caiga al suelo. Dos de ellos llevan camisetas del Flamengo. Es media mañana de un día laboral, ¿qué hacen jugando a fútbol? “De cada cuatro detenidos, uno lleva camiseta del Flamengo”, es una cantinela repetida en la ciudad. Un diputado planteó prohibir enfundarse camisetas de equipos en la calle para no estigmatizar a las hinchadas. El caso es que si bien el Flamengo nació de un elitista club de remo, hoy es icono de desfavorecidos, ariete del lumpen, ilusionador de vidas difíciles. Sus cánticos son los más fieros e intimidadores y los acompañan con una coreografía inspirada en los musulmanes partidarios del Ayatolá Jomeini. Los rivales dicen que lo mejor de las victorias del Flamengo es que los índices de criminalidad descienden en la ciudad.
El Flamengo arrastra más fans que nadie en Río, las tardes de partido los bares se abarrotan, las terrazas se alargan por la acera y se escuchan como nunca los uuuy y los gol. También por eso, y por el éxito del equipo en las favelas, Madonna se puso una camiseta rojinegra cuando actuó en Río.
Aunque no haya estadísticas, Flamengo posee una afición muy negra, porque abundan los negros pobres. El mito del Brasil multirracial se estrella contra la realidad cotidiana. Siendo cierta la mixtura, los negros aquí también llevan las de perder. La penúltima polémica señala que entre el regimiento de periodistas que cubrió el Mundial de Sudáfrica, sólo uno era negro. Y continúa advirtiendo que en el video promocional del Mundial 2014 no aparece un solo negro. Ni siquiera Pelé, Ronaldinho o el músico y ex ministro Gilberto Gil. Pero sí, conste, el escritor Paulo Coelho. Entre unos 500 diputados, uno -sí: uno- es negro. Incluso en Salvador de Bahía –donde se calcula un 85% de población negra-, “cuando vas a los restaurantes caros no ves clientes negros”, asegura Antonio Martínez Luciano, director del Instituto Cervantes de Río.
La historia de Carlos Alberto es ejemplar. Ocurrió en 1912. Aunque Fluminense, primer gran club de Río impulsado por la nobleza urbana, se había negado al principio a aceptar jugadores no blancos, los resultados persuadieron a los directivos de cambiar la política, y ficharon al mulato Carlos Alberto. En el primer partido, un aficionado le increpó por su color. Para evitar el llamativo contraste de su piel con el de los otros diez compañeros, en el siguiente matchCarlos Alberto se emblanqueció la cara con pó-de-arroz(polvo de arroz). Cuando comenzó a sudar, el pó-de-arrozfue desprendiéndose, moteando a Carlos Alberto en plan cebra así que la afición contraria comenzó a gritarle “pó-de-arroz, pó-de-arroz, pó-de-arroz”, firmando una gloriosa página de la ignominia futbolística.
Casi treinta años después, Stefan Zweig, impresionado por la belleza y las posibilidades de Brasil, escribiría un libro de referencia sobre el país en el que, sin embargo, deslizaba alguna opinión poco acertada: “La nación brasileña descansa desde hace siglos exclusivamente sobre el principio de la mezcla libre y sin trabas, de la igualdad absoluta de negros y blancos, morenos y amarillos”.
Enamorado de Río, se le nubló el criterio hasta el punto de convencerse de que los individuos alrededor no necesitaban “tensiones violentas y vehementes ni éxitos visibles y aprovechables para estar satisfechos. No es casualidad que el deporte, que en última instancia es la pasión mutua de la superación, no alcanzó en ese clima –que induce más a la tranquilidad y el goce cómodo- la preponderancia absurda a la que se debe en buena parte el embrutecimiento y la desespiritualización de nuestra juventud” (europea).
Ay, si Zweig hubiera visto este verano las bicicletas portadoras de pósters electorales con los rostros de los candidatos Bebeto y Romario, los excracks reciclados para la política... Si supiera que Romario es a Río de Janeiro lo que Arnold Schawrzenager a Los Ángeles... La varita del fútbol brasileño convierte a jugadores en políticos, en poetas. Romario vuelve a funcionar como ejemplo. El llamado latifundista del área sigue demostrando destreza y criterio fuera del césped, y por eso cuando Pelé arremetió contra él –Pelé es el oligarca omnipresente y por eso no demasiado querido-, Romario respondió: “Pelé callado es un poeta”. Y la intelectualidad carioca se derritió, claro. ¡Poeta! ¡Tú sí que eras, eres, poeta! ¡Viva Romario! Entonces uno se pregunta cómo ser escritor en un lugar donde todos suspiran por un sueldo dando chutes e incluso los futbolistas son poetas. Pero, ¿por qué? ¿Por qué ellos son poetas?
Porque, al margen de ganar, los brasileños siempre quisieron dejar claro que lo que de verdad les gustaba era el juego. Hacerlo divertido y plástico, como un baile encantador. Hermoso. Brasil, patria de O jogo bonito, donde la capoeira y la samba se bailan con botas de tacos pivotando sobre un balón, y hay líricos del taconazo (Sócrates, ¡Sócrates! se llamaba aquel virtuoso), magos (Pelé), jugadores capaces de emular a dibujos animados (Romario), de marcar de chilena un gol decisivo en el último segundo (Rivaldo) o de inventar, inventar, inventar (Ronaldinho).
Ese delirio juguetón, aderezado con algo de la clásica pillería carioca, desgajó al fútbol brasileño “del ordenado original fútbol británico para volverse la danza llena de sorpresas irracionales y variaciones dionisíacas que es”, escribió Gilberto Freyre en el prefacio a El negro en el fútbol brasileño de Mário Filho.
Brasil parece poseer los royalties del denominado fútbol-arte”, ha observado la escritora Claudia Mattos, autora de Cem anos de paixao, crucial para entender Río a través del fútbol.
-La identidad de Río se entiende mejor a través de sus clubes -dice Claudia, fumando en la calle porque en ningún lugar, ni siquiera en los que están al aire libre, dejan fumar-. Y esta identidad ha influido mucho en la de Brasil en general.
-El fútbol es un sello propio de Brasil -dice Fernando Molica, periodista y escritor-. Brasil representa al Tercer Mundo en la élite... a través del fútbol. En Sudáfrica, en Tailandia, en Marruecos, puedes ver a chicos con la camiseta de Brasil. Es el sello de que esto lo hacemos bien. Bueno, es un orgullo.
Mário Filho afirmó que aquí el juego debe ser florido para apreciarse, y por eso ha caído mal el giro resultadista de los últimos años, con planteamientos aburridamente defensivos que han igualado a la selección nacional con la mayoría del resto del mundo.


Hay camisetas por todas partes. Molica viste una antigua de Uruguay, en honor al Loco Abreu, actual delantero del Botafogo. Molica sufre incondicionalmente a este club impulsado por una élite sin poder económico pero de gran influencia social. Se supone que Botafogo arrastra a bastante artista, pensadores y así. Dicen que Botafogo requiere un entusiasmo quijotesco, que sus fans en realidad disfrutan de las derrotas, y viendo a Molica comentar un partido de su equipo cualquiera diría que es cierto.
Comiendo con Molica en una terraza del centro, pasa por la calle Ruy Castro, el biógrafo de Garrincha (y Carmen Miranda). Se saludan, hacen pronósticos para los partidos que vienen. Luego vamos a la vecina librería Folhas Secas. En la legendaria calle Ouvridor, se especializa en historia, música y fútbol. La dirige Rodrigo, que hoy está de aniversario, así que el grupo de chorinhoque toca en medio de la calle cerrada al tráfico, le dedica un cumpleaños feliz que suena distinto, delicadamente tropical.
-Mira, el Loco Abreu-, dice Molica cabeceando hacia un chico con greñas largas, como el Loco auténtico. Es una fiebre. Si uno lleva el pelo largo, le apodan Loco Abreu. Si rizado, y es chiquitín, le gritan “¡Ey, Romario!”. Si es calvo y barrigón, el saludo consiste en “Hola, Mr. Ronaldo”.
El carioca bromea mucho, también para despistar las amenazas que se ciernen.
-No, no, no. Basta ya de seguir con eso –dice Molica-. Río es mucho más que favelas. No se puede seguir escribiendo sólo de delincuencia.
Pero es difícil sustraerse a los helicópteros azabache que aletean todo el día sobre morrosdonde por ejemplo la semana pasada varios asaltantes secuestraron a huéspedes de un hotel. Y es que la geografía de Río –desde Leblon a Flamengo, pasando por Ipanema, Copacabana y Botafogo- parece diseñada por un exigente esteta pirrado por escenarios de pavor, con los morroscaóticamente miserables tendiendo su sombra sobre el llano en orden. El imperial Hotel Sheraton recortado contra la favela más emblemática de Leblon, al borde del mar, resume los contrastes que caracterizan a esta ciudad. Es cotidiano el contacto entre la creciente burguesía y los miles de pobres, muchos de ellos profesores, gente con estudios pero sin dinero.
Rubem Fonseca escribió bastante sobre intrigas y zafarranchos en Copacabana; la última literatura ha apuntado aún más por la línea delincuente; y con las incursiones cinematográficas de Ciudad de Dios y Tropa de élite –estos días se estrena su segunda parte-, Río ha asentado su mala fama de cara al exterior. Le cuesta proyectarse más allá de la obvia criminalidad, pese a que la metrópoli ofrece historias insólitas fruto de esta chocante, extrema convivencia. Por eso el escritor Marcelo Moutinho rastreó las favelas en busca de escritores y va a publicar un libro con narraciones de esos anónimos que a veces hablan simplemente de familia, amistad, amor.
De todos modos, es tan difícil esquivar la miseria como el fútbol, y ambas se juntan ahora para reformar la ciudad. La organización del Mundial y la Olimpiada han azuzado al gobierno a proponer a los habitantes de algunas favelas que se desplacen a viviendas de protección oficial. Casi nadie acepta. ¿Por qué?


Gracias a Ricardo Belielsubo hasta Dos Prazeres, una favela no pacificada. De hecho, Dos Prazeres acoge a varios narcos huidos de favelas que han logrado una relativa tranquilidad. Puro territorio comanche. El laberinto de chabolas trepa por una colina casi vertical. Las casas se sostienen con cimientos lamentables, a menudo se ven los restos de una casa despeñada. Hace unos meses, 34 personas murieron enterradas por deslizamientos en favelas y la municipalidad halló el argumento definitivo para incrementar la presión.
-Quieren sacarnos de aquí y llevarnos a sus viviendas del interior. ¿Para qué? Para levantar hoteles y apartamentos. Se mueren por tener estas vistas...-, dice Elisa Rosa Brandâo, de la asociación vecinal que hoy organiza la feijoada popular que está permitiendo subir a amigos y vecinos del barrio limítrofe a apoyar su causa.
En la cima del morro se disputa un torneo de fútbol en campo de tierra. Bajo una estructura de cemento comemos la feijoada. Las vistas de Río son asombrosas, emocionantes. Sentado sobre una baranda que da al abismo, un adolescente observa el partido. Lleva un cinturón con dos revólveres de culata plateada que refulgen al sol. Los narcos comen como si estuvieran castigados, todos de cara al fútbol, todos negros. Contra una columna descansa un rifle con mira telescópica. En distintas esquinas de la favela hay chicos que blanden walkie talkies.
-Desde abril de este año aumentó la presión para echarnos-, dice Flavio, líder de la asociación-. Dejó de pasar el bus comunitario. Nos paran los proyectos de huerta biológica, de pintar las casas. El prefecto cerró la guardería. Sólo ha pasado dos veces por aquí, en helicóptero.
-El único poder público presente en la comunidad es el poder policial-, añade Elisa.
-Esta favela existe desde 1945. Mira qué vistas. Y nos quieren llevar a un trozo de tierra feo, sin nada.
Los niños menean cometas con destreza genial. “Sirven para hacer señales. Y para introducir droga en las cárceles”, observa un experto. Hay un sorprendente minipuesto de libros, todos sobre anarquismo.
-No nos van a echar-, sentencia Flavio.
Hay un grito feroz en el campo. Han marcado gol.


Para los escritores debe ser difícil alejarse del imán de esta violencia. Los dorados 60’s y 70’s que atrajeron a Delon o a Aznavour forman parte de un ayer tan lejano como esa Europa, ese occidente que algunas élites intentan recuperar, y será por eso que, según una opinión extendida entre la gente de letras, los suplementos literarios y las escasas revistas brasileñas del sector prestan mucha más atención a los autores de fuera que a los locales.
Y eso que la iniciativa propia ha aportado satisfacciones. “Argumento fue la primera librería de América en poner café en el interior”, dice Laura Gasparian, hija de la fundadora. La propia Gasparian viajó a Nueva York a ver librerías con café, y descubrió que “ni siquiera allí existían. En ese momento, Barnes & Noble estaba pensando en abrir una”.
Varias librerías de la cadena Da Travessa incorporan igualmente café-restaurante, y en las estanterías pueden hallarse títulos de Milton Hatoun, Joao Ubaldo Ribeiro, Clarice Lispector, la colección Amores Expressos, que puso a viajar a los escritores brasileños por el mundo, Luiz Ruffato, desde luego que Paulo Coelho y, cómo no, el enorme Euclides da Cunha, el autor del impresionante Los sertones que nació en la provincia de Río. Un tema que cuenta con fieles seguidores es el de la emigración portuguesa a Brasil, y ahí es inevitable pensar en el Vasco de Gama, club fundado con esa emigración que habitaba los suburbios de tierra adentro y, sin embargo, demostró cómo integrarse en aquella ciudad tan marítima.
De todos modos, la atención hoy la capitaliza el Fluminense, el club más antiguo de la ciudad, representante de un esnobismo decadente, un vestigio de la ciudad antigua, un monumento a otra época, según Claudia Mattos. Juega contra Sâo Paulo en Maracaná. La hinchada tricolor entra en el estadio cantando el himno y se sitúa en la segnda gradería porque la primera está en obras, empieza el maquillaje para el Mundial. “Han destinado más dinero para la reforma de Maracaná que los romanos para la del Coliseo. La corrupción no se para en este país”, se quejan Moutinho, Mattos, Molica.
En la media parte, un octogenario en pantalón corto comienza a darle toques a un balón y así permanece, más de quince minutos, hasta que se reanuda el juego. Este señor se gana la vida así. Un superviviente, como el limpiabotas que viste con traje o el barrandero bailarín. Supervivientes creativos que imprimen enorme carácter a una ciudad, un país, dispuesto a jugar, que se atreve a todo. Ha habido una falta a favor de Sâo Paulo. El portero comienza a correr, planta el balón.
-¿Va a chutar?-, pregunto a Jander, mi ilustrado anfitrión, que pese a ser de Flamengo está haciendo el esfuerzo de acompañarme.
-Es Rogerio Cani, el portero que marca más goles del mundo.
Rogerio chuta. Lo crean o no, marca gol.


(Artículo publicado hace dos años en la revista Qué leer). 


Wednesday, June 19, 2013

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Matate, amor; Ariana Harwicz; Lengua de Trapo; 149 pág.

Atención a Matate, amor de Ariana Harwicz, autora casi alérgica a cualquier indicio que denote lugar común y poseída por un impulso lírico inusual, por momentos asombroso. Harwicz tiene dotes de poeta y de ahí la enorme intensidad de las páginas que ha escrito, probablemente resultado de una formación artística vinculada al cine y el teatro que la lleva a comprimir los mensajes en corto espacio. También como Carman, Harwicz parte de una idea-fuerza fácilmente resumible: una madre se encuentra ejerciendo de tal pero odiando su nueva condición. No soporta ver a su bebé, ni a su marido... y sin embargo, la belleza que ambos le dan, y el cariño, les hace necesitarlos. Pero no resiste esa dependencia, ni las rutinas y el destino prescrito a los que parece condenarle la nueva vida. Matate, amor es un libro furioso que sacude los cimientos morales sin disimulo, más bien al contrario: exhibiendo el rechazo, buscando la confrontación.
Plantea lo cotidiano con palabras furibundamente expresivas, oscilando entre el desprecio y la indiferencia. La autora propone entrar en la cabeza de una mujer enrrabietada con su rol hogareño para entender su ira, su opresión, y los motivos por los que le cuesta tanto actuar (reaccionar) como cada día imagina (y su imaginación es bestial).

Harwicz es brillante de un modo tan sostenido que el libro merece una lectura sosegada, incluso con descansos, para asimilar tanto la chispa como las ideas y la violencia que reparte. La importancia de cada frase, la densidad del contenido, hace que la narración peligre a veces, y en ocasiones el hilo se pierde un poco tapado por las frases despampanantes o por los golpes imprevistos a nuestro mundo más familiar, convencional. Aun así, la narración mantiene bastante bien el tipo. No es un libro redondo, aparte de ser sin duda para lectores exigentes y curiosos, pero sin duda es la presentación de una autora, como poco, carismática.  

Wednesday, June 5, 2013

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Limónov; Emmanuel Carrère; Anagrama; 396 pág.

Hay peripecias vitales muy útiles para resumir nuestra controvertida y agitada actualidad. Historias que reúnen tantos indicadores de nuestra grandeza y miseria que se elevan por encima de las demás, refulgiendo como símbolos. Símbolos no se sabe muy bien de qué, de algo etéreo pero indudablemente “real” y que en cualquier caso reconocemos como auténtico porque forma parte de este tiempo.
Recientemente, el cine ha ofrecido el extraño caso de Sixto Rodríguez, cantautor excepcional que pasó desapercibido en los USA pero se convirtió en mito para millones de sudafricanos... aunque él no se enteró hasta después de demasiados años. La pasmosa historia de Jordi Magraner hizo que yo mismo viajara al Hindu Kush pakistaní siguiendo el rastro de un hombre con una trayectoria y ambiciones que elevó la idea de ruptura y renovación a esa cumbre con la que tantos hemos soñado. Y fue precisamente al saber que en Francia vinculaban el impacto de Magraner con el de Limónov cuando decidí asomarme a este libro. Otro buen motivo fue que su autor es Emmanuel Carrère.
“Limónov no es un personaje de ficción. Existe y yo lo conozco”, advierte Carrère antes de adentrarnos en un relato tan extraño que, como el de Rodríguez o Magraner, podría parecer inventado.
Así, el escritor parisino presenta a un joven ajedrecista con evidente talento para la poesía y la pelea que sobrevive de manera más bien clandestina en la Unión Soviética antes de exiliarse a Nueva York, donde fue vagabundo y mayordomo de un millonario. Después, le veremos aterrizar en una Francia que lo encumbró literariamente, fascinada con unos modos pendenciero-estrafalarios que reflejaría en una prosa a la altura. Disparará junto a Karadzic en la guerra de los Balcanes. Y se manifestará junto a Kasparov (el ex campeón del mundo de ajedrez) como militante del partido político que plantó cierta cara a Putin. Militante y algo así como guardaespaldas de Kasparov.
Siguiendo su itinerario se obtiene un fresco de la Rusia reciente que, sumado al imperdible El tigrede John Vaillant, aporta las impresiones más vivas y penetrantes que en los últimos años se hayan hecho sobre aquella colosal región. Curioso: un hombre y un animal para explicar un país. Y desde el periodismo literario. Ni ensayos ni novelas. Vivencias en primera persona. Triunfos de lo real.
Los valores de este peculiar “fresco ruso” pasan por la plenitud creativa de un Carrère que, privilegiado conocedor de aquella idiosincrasia gracias a otros libros que ha escrito sobre el territorio y a la biblioteca especializada que poseía su madre, experta en la URSS que llegó a ser flagelada por el rotativo Pravda cuando hace ya unos cuantos años pronosticó la caída del Imperio, se lanza tras el rastro de un Limónov al que él mismo veneró muy pronto, imantado por el aura de talentosa rebeldía e incluso de peligro que siempre lo envolvió.
Tras exponer las razones de su fascinación, Carrère emprende una búsqueda en la que va a reflexionar sobre su investigado, va a implicarse, a especular, opinará, recurrirá a libros y diarios de Limónov y recreará escenas que quizá nunca se dieron -al menos algunas hacen sospechar que tienen un pico de ficción-, pero que están contadas tan bien y encajan de manera tan redonda con el carácter del personaje, que da igual: te las crees.
Un éxito de la narración es haber logrado plasmar la importantísima distancia que hay entre la opinión (furibunda, implacable) de un hombre y su forma a menudo paradójicamente generosa de actuar. Carrère distingue la furia, los deseos aniquiladores que con frecuencia se instalan en las cabezas, de los hechos que finalmente se ejecutan. Muestra la rabia en estado puro y la forma destilada en la que ésta sale al exterior, y en ese ejercicio el francés se revela plausible heredero de la propia literatura rusa, en concreto del flanco más Dostoievski.
Limónov es un especialista en tocar fondo si bien siempre lucha por distinguirse, y como en la decadente URSS de su juventud la poesía era el equivalente del rap, utiliza los poemas para proyectar su personalidad y sus protestas. Una consecuencia de este inusual cóctel de poetas delincuentes (o casi) será ver cómo un malhechor -uno de verdad- pide que le firme unos poemas para su novia.
Con ídolos tan exóticos como Gaddafi o Charles Manson, de los que Limónov guarda fotos que a veces hasta cuelga en las paredes de sus casas, Limónov no resulta simpático, aunque su inteligencia social, el orgullo y la arrogante desenvoltura que le caracterizan, y sus ideas arriesgadas y originales, invitan a mirar alrededor con una perspicacia distinta... a veces no tan descabellada... sus puntos de vista radicalmente estimulantes sacuden algo que quizá era necesario sacudir... y el hecho de que no sólo sus teorías sino también sus acciones impelan a replantearnos valores que podían parecer sólidos provoca un sentimiento que, como mínimo, se emparenta con la gratitud.
Aquí el mérito es del escritor, claro, que por cierto no entra en escena hasta la página 173. Entonces, Carrère detalla algo más su proceso investigador y señala por ejemplo la chispa que le hizo salir en busca del ruso: las imágenes en el reportaje Serbian Epics que mostraban a Limónov como una especie de iluminado chusquero desprovisto del glamour y el romanticismo con el que hasta aquel momento lo había asociado Carrère. Ahí vio la historia de una caída, o de algo parecido. Y fue a por ella.
“Pienso que en su filosofía -escribe Carrère-, matar a un hombre cuerpo a cuerpo es como que te den por el culo: algo que se debe probar al menos una vez”. El francés ha escrito la historia de alguien dispuesto a probar “al menos una vez” muchas más cosas que la mayoría. Por eso, ha obtenido un perfil de una complejidad apasionante, de una versatilidad asombrosa. Y desde luego que contradictorio, excepto en su búsqueda de una belleza o una potencia que le reportara alguna clase de calma.
“Soy consciente de que todo esto es complicado -reconocerá Carrère, aludiendo tanto a Limónov como a esa Rusia caótica que de algún modo se refleja en el protagonista-: escribo este libro para esclarecer este tipo de complicaciones”. Y de paso, el escritor echa una especie de mano a su madre rindiendo algo así como un homenaje a la mujer que ha recibido tantas críticas no sólo del lado ruso sino también de todos aquellos occidentales que cargaron contra ella cuando indicó que el verdadero rupturista, el hombre que pretendió cambiar en serio el signo de la política rusa fue Yeltsin, nada de Gorbachov. De esto también se habla en el libro.
Hacia el final aparece una profesora rusa que dice: “Verá, he conocido a escritores, y sobre todo escritores rusos. Los he conocido a todos. Y el único hombre bueno, bueno de verdad, era Limónov”.
Una reflexión que proyecta de nuevo a ese momento de Searching for the Sugar Man en el que el productor de rutilantes estrellas de la música asegura que para él, sin duda, el mejor de todos los músicos con los que trató en su larga larga carrera, el más brillante y conmovedor fue Sixto Rodríguez. Un hombre entregado de verdad a la música, cuyas creaciones se situaban en algún lugar superior. Un profeta, llega a decir el productor. Limónov, autor de El poeta ruso prefiere a los negrazos(título sugerido por su editor, conste), compartiría ese podio en el limbo de los creadores más o menos arrinconados. Estaría ahí por más motivos que los literarios, quizá, pero estaría.

En cualquier caso, las consecutivas derrotas, experiencias e iluminaciones de Limónov le llevaron a un estado de conocimiento de los seres humanos, y por eso de sí mismo, que le permitieron, en palabras de Carrère, a alcanzar el nirvana. Como Rodríguez, Limónov obtuvo su premio. Ser lo bastante libre y fiel a tu propia poesía tiene, a veces, estas agradables cosas.  

Monday, May 27, 2013

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Los privilegios; Jonathan Dee; Anagrama; 326 pág.



Llegan Los privilegios con cierta pompa y adjetivos estimulantes de autores tan buenos como Richard Ford o Jonathan Franzen, que además no suelen fingir a la hora de aplaudir algo. Guardianes de su crédito más allá de los textos que escriben, F&F consolidan así su fama de garantes de la literatura de primera “presentando” a un Jonathan Dee que con este libro ingresa en el club de los mejores diseccionadores de la familia USA contemporánea.

Dee divide en cuatro momentos la evolución de una pareja un poco precoz en todo y tocada por la facilidad del dinero. Cuatro instantes en la vida de un matrimonio con notables ambiciones, don de gentes, auténtico amor mutuo y envidiable destreza para acumular dinero. Lo más parecido a la pareja perfecta moderna que se haya escrito últimamente, si bien escrutándola desde el interior con una penetración que permite entender y casi compartir algunas motivaciones políticamente muy incorrectas pero que explican cómo engañar al sistema y por qué unos acumulan millones de dólares y otros no.

La historia empieza en la boda de Cynthia y Adam, jovencísimos veintañeros que se convierten en los primeros en casarse de su grupo de amigos. La fiesta derrocha el afán trangresor de la mayoría de invitados jóvenes, acentuado por el ineludible sentimiento de que ese día todos, no sólo los novios, están dando EL PASO hacia ese cambio decisivo del que tanto habían escuchado hablar. En el futuro, hasta podrán situar en un lugar y momento concreto la fecha en la que todo, de alguna forma, empezó a ser diferente.

En el siguiente acto, Adam y Cynthia ya son padres. Poseedores de una considerable fortuna gracias a las habilidades inversoras de Adam y al sostén que supone el segundo marido de la madre de Cynthia, desean sin embargo llegar aún más arriba. Aspiran a lograr un estatus y unos ingresos que les permita desentenderse de cualquier cálculo futuro y garantizar para siempre la comodidad de los suyos. Se trata de una pareja feliz, lo bastante simpática, movida por sentimientos bondadosos que se evidencian desde donaciones a organismos benéficos a su trato con amigos y vecinos. Su fe, eso sí, pivota entorno al dinero, y por eso cuando su hijo Jonas les pregunte por su pasado, cuando Jonas desee saber de dónde viene su familia, quiénes son, los padres descubrirán que no tienen mucha idea. Entonces, el niño intentará crearse una tradición propia practicando sus propias ceremonias para así ir creando, al menos, un pasado. Por eso, el Jonas adolescente se atrincherará en las viejas músicas convencido de que las actuales no pueden rivalizar con aquellas virguerías, e instalado en esas ideas se va a cuestionar profundamente hasta qué punto el dinero puede mejorar el mundo, y de algún modo va a desdeñar ese universo de enormes facilidades, de privilegios, en el que vive.

Adam y Cynthia representan de manera radical -que no malévola- las últimas ambiciones del hombre y la mujer arquetípicos del siglo XXI. Él, preocupado por juntar un dinero que dé cada vez más sosiego al núcleo familiar -con la particularidad de que su listón del sosiego está muy muy alto- y enrrabietado con un sistema que permite que algunos ultrarricos campen a sus anchas semiolvidados de la cantidad de millones que manejan. Ultrarricos que desde luego no son más listos que él. Y se lo va a demostrar. Como se demostrará a sí mismo que puede conseguir lo que desee, mujeres también, cuando le plazca. Adam hace de su vida un reto constante aunque, contra lo que pueda parecer, se rige por un estrictísimo código moral que no es difícil de asimilar e incluso, como se dijo antes, compartir. Incluso su mafiosa relación con Devon -un espabilado pimpollo marginal- emitirá ondas de empatía a cualquier revolucionario, y en según qué episodios puede hacer pensar en el tándem protagonista de la memorable serie televisiva Breaking bad.

Por otro lado, Cynthia es una madre atenta a sus hijos, obsesionada con la edad, y que mantiene una relación complicada con su hermanastra y aquella parte de la familia. A diferencia de su marido, a Cynthia no se le da tan bien olvidar avanzando con la mirada fija en el futuro, y por eso a veces sufre bajones algo acusados. Pero sabe cómo enfrentarlos.

Lo mejor de Cynthia y Adam es su vínculo de acero, realmente ejemplar si obedecemos a lo que nos han dicho que debería ser una pareja. Ambos se necesitan y se apoyan con toda la fuerza del amor y los intereses comunes. Cuando sepan que su hija April se está drogando, sabrán contemporizar, se revelarán educadores considerablemente hábiles... sin detenerse a valorar demasiado la carga con la que sus hijos están encajando esa vida tan estupenda que en apariencia les están regalando.

Los dos "momentos" finales aluden a las distintas dificultades que el matrimonio y sus hijos ya adultos deberán superar. Dificultades como la posible bancarrota o la muerte. Dee ahonda en los distintos intereses de padres e hijos centrándose al final en cómo reaccionan los chicos a las comodidades que les rodean, en cómo pugnan por buscar su propia salida, y en si lo consiguen o no. El lector deberá decidir hasta qué punto entiende, asume, desprecia, envidia... esta forma de vivir. Toda una invitación.

La naturalidad con la que fluye la historia es fascinante. Es cierto que “pasan” más cosas que por ejemplo en el Stoner de John Williams, pero Los privilegioscomparte con esa obra la sensación de sereno discurso que fluye sin afectaciones ni espectáculo, simplemente arraigado en ideas poderosas expresadas en párrafos donde cada palabra, cada idea, afecta y aporta.

A menudo, Dee no responde a las preguntas formuladas sino que pasa directo a mostrar la consecuencia. Los saltos temporales que trasladan de un período vital a otro son el paradigma de esa técnica aplicada con frecuencia a una escala más pequeña y que es uno de los muchos “trucos” que tiene Dee para contar mucho con poco... y sin necesidad de poesía.

Estamos ante un narrador impecable que carga cada página de sentidos tranquilamente decisivos. Un narrador que ha contado la facilidad de tener dinero desde dentro y sin más dramas que los cotidianos, ofreciendo así un punto de vista sobre la gente rica que en los tiempos que corren alguien podría hasta calificar de reaccionario pero que por muchos motivos provoca, ante todo, un profundo y admirado respeto, y el agradecimiento consecuente a las grandes obras: el de creer que hoy conocemos algo mejor a otras personas.
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